Los festejos del centenario de la Revolución de Mayo parece que fueron fastuosos en Buenos Aires, según parece.
Acá en Bahía Blanca, daría la impresión de que no fue para tanto.
En la revista Proyecciones, el 1 de junio, después de la reseña (con fotos y elogios de ocasión) de los actos formales, sale un artículo en el que comentan con sarcasmo cómo fueron las cosas acá:
¡Qué de cosas lindas y risueñas! Los bahienses hemos estado a la altura de nuestros antecedentes en la organización de festejos. Luces de Bengala en el arroyo Napostá, banquetes en los cuatro puntos cardinales, lamparillas eléctricas desde la tierra hasta el cielo, banderas y gallardetes y escarapelas y escudos por todos lados y en todas las alturas... y una pirámide de cartón elevada en el centro de la plaza, como la síntesis simbólica del genio edilicio y del arte local...
- Vaya por la patria - exclamará alguien con gesto de complacencia.
Afortunadamente la patria es algo que no piensa, no analiza y que por consiguiente no clasifica ni califica. Si así no fuera, ¿qué diría la patria en presencia de la estatua de San Martín en el parque y la pirámide de cartón en la plaza? Un grupo de jóvenes, en breve tiempo y sin dinero, ha podido rendir un digno homenaje a la memoria del primer héroe nacional, y la municipalidad, en tantos años y con tantos recursos, no pudo saludar la efeméride del centenario con un monumento a Rivadavia en el corazón del paseo principal. Y así sucedió lo que se ha visto. San Martín desterrado del seno de la sociedad, allá junto a la cárcel, y en el lugar de mayor tránsito, de mejor enseñanza, de más frecuente recuerdo... una parodia ridícula del emblema glorioso de la libertad, de esa libertad que nos dio el desterrado en los suburbios de la población.
Sin embargo, el público non ha hecho ninguna objeción al respecto. ¡Qué va a hacer el público! Mientras se le mande divertirse y se le den luces y colores, la gente está contenta.
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