domingo, 17 de marzo de 2024

1943 enero Crespi Valls y el proyecto del Museo Histórico


 MUSEO HISTORICO MUNICIPAL

Por Antonio Crespi Valls

Una lluvia caída durante la noche hizo que mi amigo, el afortunado turista que tan mal rato me hizo pasar al no poder mostrar el mar bahiense por ninguna parte, tuviera que postergar por un dia su salida en dirección a los lagos del sur.

En consecuencia, continué sirviéndole de guía una jornada más. Al presentarme al hotel, por la mañana me recibió con esta propuesta:

 

- Hoy es jueves. Día en que los museos están abiertos al público. Podemos, si le parece visitarlo. Por la historia, el de Bahía Blanca debe ser en extremo importante. Si le parece, podemos visitarlo. Por la historia, el de bahía Blanca debe ser en extremo importante.

-          Si, naturalmente. La historia de nuestra ciudad es altamente interesante. Cuando el indígena y el desierto dominaban el sur….

-          Veo amigo mío que usted se confunde o intenta confundirme. YO no me refería a lo interesante de la historia local que conozco bien, sino a lo importante de su Museo Histórico. ¿O resultara también que Bahía Blanca carece de Museo?

-          Mire… le diré. En repetidas ocasiones algunos amantes de nuestro pasado han intentado hacer, y hasta aprobaron ciertas disposiciones comunales que refiriéndose al museo histórico establecían la urgencia de su inmediata creación. Se presentaron trabajos preliminares ya la postre resulto que….

-          No siga, me imagino el resto. Es el mismo caso del balneario marítimo. Cuarenta años hablando de su instalación y la gente continua bañándose bajo la ducha casera.

-          No tanto… Usted gusta de exagerar nuestra pasividad.

-          Tómelo a broma. Pero si tan orgullosos están ustedes de la heroica historia de Bahía Blanca, ¿por qué dejan que se pierda o se ignore en el olvido? ¿Qué cosa creen ustedes que es la historia de un pueblo, de un pueblo que la tiene, naturalmente?

-          ¡Hombre! Pues cualquiera lo sabe. La historia es eso, precisamente, historia.

-          Mas claro agua… La historia, amigo mío es el punto de partida del pasado que alimenta el presente y se proyecta al porvenir. Así como las personas no pueden existir sin genealogía, tampoco los acontecimientos y mutaciones de los pueblos tienen debida y ordenada explicación si no se correlacionan entre sí a través del tiempo.

-          Lo entiendo a medias. Me resulta un tanto filosófica la explicación y debo confesarle que en cuestiones filosóficas soy un lego.

-          No importa. Entenderá mejor si le digo que los pueblos no pueden tener personalidad ni características definidas si dejan de beber el agua de la primitiva fuente que les dio origen.

-          Empiezo a comprender algo.

-          Borrando e la memoria de las generaciones que se suceden los hechos básicos que constituye el acervo de su historia, es igual a sostener el imposible de que puedan existir hijos sin que antes hubiera padres. Me explico.

-          […]

-          Cuidado amigo, no vaya a caer en el error de pensar, como muchos, que un museo es solo privativo de un grupo de iniciados y elegidos, a quienes el vulgo llama “chiflados por las cosas viejas”.  Tampoco esas cosas viejas deben ser una colección de reliquias empolvadas, frías, mudas, sin alma. Un museo es un lugar en donde las cosas muertas viven eternamente. Y si un museo no es esencialmente popular, del pueblo y para él, deja de cumplir su trascendental misión de cultura social.

-          Les sucede lo mismo que a ciertas bibliotecas, muy ricas y nutridas de libros, pero escasas o nulas de lectores.

-          Dice usted bien. Los museos históricos están destinados a guardar y transmitir a la posteridad, junto con la materialidad de los objetos, el espíritu de la época en que fueron concebidos y ejecutados. Vale decir que ante la contemplación de algo que fue y ya no es, el espíritu curioso del hombre debe retroceder en el tiempo, regresar a la realidad del ayer para saturarse así de las diferentes etapas de la evolución en la marcha ascendente de las colectividades.

-          El que no acuda a los museos con esta intención se aburrirá soberanamente en ellos y aun las mayores maravillas le parecerán trastos inútiles.

-          Muy posible, pero nosotros los turistas, buscamos en los museos populares, más que en los libros, la historia vivida de los pueblos. Es por eso que todo viajero inteligente, todo turista que no sea un mero devorador de distancias y tragador de leguas, al detenerse en los pueblos se lleva de ellos las características de su valor social.

-          Entonces, de acuerdo a su pensar, cada ciudad y región debe tener su Museo peculiar y genuino.

-          Exactamente.

-          ¿Y qué peculiaridad destacada le asigna usted a Bahía Blanca?

-          Una que nadie puede discutirle y que ha contribuido de manera eficaz y positiva a la formación de nuestra nacionalidad.

-          ¿Cuál es?

-          Observe usted que la mayoría de los museos históricos de la capital de la república, del centro y del litoral están llenos de objetos pertenecientes a nuestra época colonial, la lucha por la independencia y a la constitución política argentina, lograda a través de guerras civiles, montoneras, pujas caudillistas de predominio, pronunciamientos, revoluciones.

-          Como en la generalidad de los museos. Lo que más se recuerda son las guerras.

-          Bien, pero por lo mismo, el Bahía Blanca puede y debe ser distinto, exclusivo, típico. Porque aquí, en las soledades del sur, no repercutió para nada el angustioso proceso de la estructuración política argentina. En la misteriosa Patagonia y en la ignota Pampa no cabían la especulación política cuando estaba en juego algo más fundamental: la existencia misma del hombre. Aquí el problema argentino no consistía en elegir entre el sistema monárquico o el republicano, entre un gobierno unitario o federal. Era mucho más simple y perentorio. O el hombre civilizado desalojaba de grado o por la fuerza, al bárbaro, o éste aniquilaba a aquel. El encuentro, el choque no era de ideas sino de épocas. Pasar de la vida nómada del indígena a la gregaria del hacendado y campesino resultaba más difícil que derrumbar un poder para sustituirlo por otro.

-          Entonces nosotros aquí, debemos mostrar al viajero ya nuestros niños, en toda su crudeza y grandiosidad, la epopeya de la conquista y colonización de la tierra pampeana y patagónica, ¿no es así?

-          Si, así es. Y le aseguro que entonces Bahía Blanca podría ostentar un museo Histórico casi único. Ningún otro pueblo con justicia, puede discutirle la persistencia en la cruenta lucha de la civilización contra la barbarie. Aquí en definitiva se ganó la tranquilidad de la vida en el campo argentino. Desde aquí hacia el sur y el oeste se ampliaron las fronteras del país. Aquí se cimentó, al amparo de las endebles pero aguerridas guardias, la ganadería y la agricultura.

-          Eso es verdad conocida.

-          Si la vanguardia de la civilización fue la provincia de Buenos Aires, la avanzada de la provincia fue el sur y el adelantado del sur la fortaleza Protectora Argentina: Bahía Blanca. Reúnan ustedes en un museo histórico las cosas y el espíritu de aquella época de brega y dolor, de tenacidad y labor, y habrán hecho un museo sin parangón en el país.

-          Tiene usted razón. Por venir de afuera tiene usted una perspectiva de la historia bahiense y sureña más amplia que la nuestra. Acaso sus ideas no tarden en convertirse en una alentadora realidad.

-          Por eso le hablé del Museo Histórico de Bahía Blanca. Sé que nuevamente se agita la idea de crearlo. Con el patrocinio, como corresponde, de la Municipalidad. Si los bahienses se dan perfecta cuenta de lo que significa para la elevación de su cultura la creación dispuesta, la loable iniciativa municipal puede convertirse en una obra de enorme significación y atracción

-          Así será, amigo mío. Porque aunque los bahienses somos indolentes para las cuestiones del espíritu y se nos tilda de dormilones, cuando despertamos, trabajamos de veras.

-          Espero que esta vez despierten a tiempo para que no transcurran otros cuarenta años pensando la forma de construir el Museo…

 Bahía Blanca, enero de 1943

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