"Desde el alto mirador blanco se abarcaba con la vista hasta muy lejos; se veía la ciudad, la bahía, la ciudad comercial recostada sobre el Atlántico" (cap. 1, p.84)
"Mientras ella se abría, la ciudad, Bahia Blanca, se cerraba, también, como una flor, pero de piedra. La formación de las americanas ciudades se parece a un capítulo de biología vegetal. Una tarde, en un campo del sur argentino, un general y un ingeniero francés planearon en torno al emplazamiento de un fuerte el desarrollo de esta nueva población. ¡Cuántas civilizaciones humanas habían evolucionado y perecido cuando este pedazo de desierto emergía de su sopor! En tramo al fortín, valla opuesta al indio preclatorio comenzó a crecer, hacia los ochocientos veintiocho la población militar, y cuatro años más tarde Rosas y Darwin se paraban ante aquellos salitrales que después de los secos calores extendían en la bahía su ardiente sábana blanca. Los militares trajeron las pulperías, las pulperías a los comerciantes, los comerciantes a los profesionales, los profesionales la marea de gentes nómadas. En el club el doctor contaba, como si los hubiese visto, los constantes malones; la rebelión, el robo de dos mil novecientas cabezas de ganado públicamente descripto, antaño, por el cura Bigio, el incendio de las casas, el rapto de habitantes... ¿Quién iba a mantener animal ante ese peligro? Como todo ganado, solo se cultivaba el de arreo lento, la oveja; unos poco habitantes osados, algunos verdaderos italianos atreviéronse a sentar sus reales; landas de trigo comenzaron rápidas a multiplicarse; el Estado pensó crear allí una colonia agrícola militar, y después de un centenar de incendios y combates, vencido el último malón de tres mil indios, la ciudad quedó limpia de peligro, la flor de piedra fue abriéndose en mil calles. El doctor contaba, apologético, cómo aquel salitral remoto que en 1868 apenas importaba 7.000 arrobas de harina iba a ser en menos de cuenta años metrópoli de 100.000 habitantes, una de las más potentes urbes industriales del estado, y en el ramo de cereales el primer puerto exportador de la américa austral...
"Siete millones ochocientas mil toneladas de productos de la zona en un solo quinquenio!. El modesto atavismo que lo ligaba a un antiguo cantón suizo repetía estupefacto esos números. El doctor había visto abrirse la flor gigantesca, expandirse, proliferar en los vecinos partidos: Coronel Dorrego, Coronel Pringles, Coronel Suarez, Saavedra, Tornquist, Puán, Villarino. Y repetía aquellas cifras, estos nombres pensativo, soñando en que cuando él llegó la ciudad poderosa era todavía un modesto pueblo, en que su nombre estaba tal vez atado a esta silenciosa gesta civil mucho más gloriosamente que el de los hombres de su tierra de origen al oscuro trozo de gleba.
Pero después de haberse abierto del todo, la ciudad, la flor comenzó a cerrarse: primero la extendieron sus habitantes hacia el exterior, luego vinieron del exterior los colonos a comerciar por días e irse. Traían a sus hijos, ellos se retiraban. (...) La ciudad estaba cerrada: la providencia del país los mandaba allí a estudiar, luego se irían: luego en el sur próximo o la pampa levantarían su personal andamiaje en la horizontal catedral del campo laborado.
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