Luego, al despedirme de este triste lugar, me desahogué
diciendo:
Adiós tristes testigos de la derrota de un valiente:
muros manchados con su sangre, cueva misteriosa;
solitaria tumba.
Adiós, desdichada ciudad que nació con la Esperanza
Pero a la que el Error, el Odio y la Venganza
ahogaron al nacer.
Donde yo pensaba volver a encontrar, de la república romana,
la grandeza naciente, y su plaza pública,
estrado de libertad,
ay ay, no encontré más que un cumulo de piedras
un tétrico calabozo, abierto en sus entrañas
por el rigor.
En lugar de las verdes arboledas desde la que suave brisa
sobre los frisos de mármol, infundiría vida
en el seno mismo del Pueblo-Rey,
no vi más que un pozo seco, excavado por esclavos;
y una árida ladera sembrada de obstáculos
por un Yo inflexible.
Una loba amamantó a Rómulo y a su hermano:
acá los fundadores asesinaron a su padre
y a Roma la incendiaron.
Y al asesinar a Cesar, Brutus
gritaba ¡“Patria”!
Pero ¿qué podía gritar una turba envilecida
Sin honor y sin Dios?
Una turba, desecho de la Europa arrasada,
con vicio alimentada, de vicio hambrienta
que, de la Libertad,
en el vertiginoso momento del crimen se atreve
a invocar su santo nombre, profanar su prestigio,
mancillar su majestad.
Ah... que mueran también los recuerdos detestables
que huya, que huya para siempre, ese lúgubre cuadro
de errores irreparables..
Ese pozo no es más que un volcán del que brota la infamia,
el abismo sin fin en que la patria
arroja su bandera
Pero en uno de sus bordes, en ese sitio oscuro,
cubierto de desechos impuros, una frase escrita
ha grabado el Eterno:
“De fuerte y perdurable nada hay en este mundo,
nada de bello, nada grandioso que la razón no funde
sobre el ESPÍRITU FRATERNAL”
¡Adiós! ¡Descansa en paz, sombra errante y dolorida!
que sin descanso buscaste en una y otra orilla
esa fraternidad;
tú, que no encontraste más que traidores como amigos
como compañeros, unos locos; unos carceleros como sacerdotes;
¡por doquier l’Adversidad!
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