- ZEBALLOS, Estanislao, Viaje al país de los araucanos [1879]. Capitulo XVII: Bahía Blanca, Peuser, Bs As, 1881.
Uno de los compañeros de viaje de Zeballos es el joven fotógrafo suizo, Arthuro Mathile. De su colección, disponible en el sitio del Museo Regional de Choele- Choel hemos tomado estas imágenes de Bahia Blanca:
Coleccion Zeballos. Fotografo: Arturo Mathile.
Estanislao Zeballos publica en 1881 el libro "Viaje al país de los araucanos", la crónica del recorrido que realizó una vez finalizada la campaña de Roca. El libro, inserto en la tradición de la literatura de viajes, está ilustrado con grabados realizados sobre la base de fotografías que tomó un joven fotógrafo de origen suizo, Arturo Mathile, durante la expedición, ya que debido a las condiciones técnicas todavía no era posible reproducir las fotografías en forma industrial en los
libros. Mathile había llegado a la Argentina hacia 1860 cuando era niño. Su padre era fotógrafo y a edad temprana lo inició en la profesión. Trabajó con Walter Bradley, con quien viajó por el país y quien lo recomendó con Zeballos para acompañarlo en su viaje. A su regreso instaló su estudio en la ciudad de Chascomús, provincia de Buenos Aires" (Inés Yujnovsky, 2008).
Estanislao Zeballos publica en 1881 el libro "Viaje al país de los araucanos", la crónica del recorrido que realizó una vez finalizada la campaña de Roca. El libro, inserto en la tradición de la literatura de viajes, está ilustrado con grabados realizados sobre la base de fotografías que tomó un joven fotógrafo de origen suizo, Arturo Mathile, durante la expedición, ya que debido a las condiciones técnicas todavía no era posible reproducir las fotografías en forma industrial en los
libros. Mathile había llegado a la Argentina hacia 1860 cuando era niño. Su padre era fotógrafo y a edad temprana lo inició en la profesión. Trabajó con Walter Bradley, con quien viajó por el país y quien lo recomendó con Zeballos para acompañarlo en su viaje. A su regreso instaló su estudio en la ciudad de Chascomús, provincia de Buenos Aires" (Inés Yujnovsky, 2008).
Las imagenes están digitalizadas en la página del Museo Regional de Choele Choel (http://museochoelechoel.org/1880-viaje_al_rio_negro/) y 5 de ellas corresponden a Bahía Blanca.
El articulo de Inés Yujnovsky, "La conquista visual de los araucanos" (2008) se puede descargar acá
Esta misma autora publicó el libro Viajeros a la sombra de Darwin. Fotografías de la Patagonia a fines del siglo XIX, Arte x Arte, 2021.
Qué dice Zeballos sobre Mathile:
p. 11: La fotografia
iba á cargo del joven argentino Arturo Mathile, dependiente de uno de
los principales estudios fotográficos de Buenos Aires, Casa de los señores Bradley y Compañía.
p 209: "y el fotógrafo Mathile,
cuya campaña es un martirologio conmovedor. Estropeado por el caballos
por las mulas, por los mosquitos, por el sol, por el hambre y por
los contínuos sobresaltos, este viaje es para él una via crucis; pero la
fotografías son con todo escelentes.
p. 246: Íbamos descendiendo visiblemente y ganamos el primer valle
á las 8 de la noche, engolfándonos en un cajón amurallado por altas
cadenas graníticas.
1 Bendito sea Dios ! ... gritaba Mathile molido, deshecho, amoratado ! ...
Un pasto encantador, aunque seco, en que los tallos subían á un
metro de altura, no era suficiente para contener las tropillas, que corrian desbocadas por el valle en busca de agua, sin obedecer al grito de
los caballerizos.
p.333: El viento Oeste del 22 acentuó la baja del barómetro y á las 4 y
10 quedamos envueltos en el seno de una nube rojiza, de tal manera
densa, que no nos distinguíamos á dos metros. El viento bramaba impetuosísimo, levantando además de las arenas, piedras hasta del tamaño
de un huevo que nos herían. El fotógrafo Mathile, á quien el
pampero sorprendió á caballo y en el monte, tenia las piernas ensangrentadas.
Fue imposible permanecer de pié y nos veíamos obligados á echarnos
de barriga, envuelta la cabeza en ponchos y presentándola al viento.
Yo había asegurado un cajón en el tronco de un árbol y allí tenia
mis instrumentos meteorológicos. Cuando el espantoso huracán calmaba
un instante, nos enderezábamos y caían el polvo y las piedrecillas de
nuestros cuerpos como si surgiéramos del seno de un medanito. Poco
tardaba el pampero en enfurecerse y volvíamos á envolvernos pegándonos
al suelo.
p.359: Nuestro estado era mísero. Imagínese fácilmente la situación de quien
marcha todo un día y una noche, bajo frio temporal de agua y viento.
Mathile me rogó con timidez que pasáramos el día en la Cabeza del
Buey; pero yo tenia serias razones para cumplir el programa y por toda
respuesta me diriji al trompa de órdenes diciéndole:-A caballo y marcha ....
Y seguimos el triqui-traque de las mulitas que no dejábamos de mano.
hacía veintiséis horas. Empleamos cerca de doce horas en llegar á Bahía
Blanca, porque nos metimos en la grande y pantanosa salina del oeste
de la bahía, que mide algunas leguas superficiales y dimos inmensos rodeos.
Quién era Pancho Francisco, Carriqueo, su nombre proprio.
p. 125-126: Llevar una fotografía con todo su material y sales y líquidos embotellados á lomo de mula, y de mula patria, bellaca, traidora, mañera, caprichosa ó chúcara, no es obra de soplar y hacer botellas. Necesitaba llevar un
àrrea de seis aparejos (seis bestias cargadas) y fué menester preparar
cajones adecuados para defender los aparatos de las coces de las mulas,
de los golpes, de las reatas y de las cangallas. (¹).
Arreglaba yo las cajas de instrumentos cuando mi ayudante se cuadró
en frente del Coronel Levalle y dijo :-Aquí viene Pancho Francisco.
Todos levantamos la vista con singular curiosidad, y el coronel exclamó:
-- Doctor, la falta de vaqueano ha sido salvada. Aqui tiene Vd. su guía,
que conoce el Desierto como la palma de su mano. Eh! Pancho Francisco, agregó, saluda al Doctor.
Habia entrado un indio araucano puro, de hermosísimo tipo, cráneo
envidiable para un museo, fisonomía del todo salvage. Apenas hacia seis
meses que había dejado el toldo y se hallaba en Carahué prisionero.
Entró, se detuvo en la puerta con los ojos clavados en el suelo; avanzó
después de la indicación de Levalle á darme la mano, y sin levantar del
piso la mirada, dijo:
- Cumele caimi chiñor- Inché picunche cuñifal . Ni Eluvun
mari pesu. (Como está señor- Yo soy un indio picunche muy pobre.
Deme diez pesos)
Dile lo que pedia, desplegué mi mapa y al abrir el
mayor de los compaces de la caja, el indio dió un salto y levantó la
mirada de los ladrillos. No quiso acercarse. Al mostrarle el mapa,
indicándole parajes y pidiéndole distancias, me replicaba de lejos que el
mapa mentia, y señalando en el suelo con el dedo, me trazó el suyo
hablando en su lengua. Traduzco :
- Aquí Norte, aquí Sur, aquí Oeste,
aquí Este, marcando luego el rumbo en que se hallaban los lugares,
agregaba:
Aquí tal punto, aquí tal otro . . . .
El mapa era, pues, inútil.
Era forzoso confiarse en el bárbaro prisionero y yo resolví entregarme á él, preparándome á amansar al salvage.
Me llevarás, le dije, al cerro Payen, pasando por Urrelavquen.
- Pu mapú, pu mapú, contestó con una tonada de exageración (muy
lejos ... muy lejos-muy tierra adentro. . . . muy tierra adentro).
-Pero iremos, á pesar de eso, le dije.
Y sin levantar la cabeza me contestó :
...-May (está bueno)- Chumúl tripan inchin?-(¿Cuando marchamos?)
Mañana al aclarar.-May, volvió á contestar y salió, amacándose de derecha á izquierda,
porque todos estos indios son patizambos á consecuencia de su constante
ejercicio sobre el caballo.
p.134: El vaqueano es la brujula
en este oceáno de tierra.
p.169-170 El lamento de Pancho Francisco.
"La noche del 30, dospues de la tormenta, llamó mi atencion el eco
melodioso de una especio de lamentacion cantada. Una melodía profun
damente triste, de un sabor musical para mi desconocido y que producia
sensaciones estrañas, interrumpia el silencio de la soledad que nos
rodeaba.
No habia duda de que alguien cantaba ; pero sus cantares parecían
mas bien suspiros de una alma profundamente dolorida, que las tonadas
alegres con que el hombre feliz recuerda el amor y la esperanza.
Pancho Francisco entretenía el fogón de los indios. Todos lo escuchaban silenciosos y pensativos ; y yo mismo estaba impresionado tristemente.
por el sentimentalismo y la unción misteriosa del cantar araucano. El
indio recordaba los hogares abandonados, la mujer cautiva, los hijos.
esclavos, los campos quemados, su libertad perdida y tal vez derramaba lágrimas al invocar el terrible infortunio de su raza.
Acerquéme cautelosamente al fogón de los araucanos. La lamentación
cesó, como si una voz profana hubiera mezclado irrespetuosamente sus
ecos á los himnos que el bárbaro consagraba á la Patria, á la Familia,
á la Naturaleza y á su perdida Independencia.
Ya no decía como antes sus patrióticas congojas.
Por el contrario, dirijiéndose á mi, Pancho Francisco cantó con aire
placentero esta copla improvisada:
Vey ñi amon, eyú hunicá
Mamuel Mapú, ayuvin mapú
Pegelmen chi Quethré Huitrhú
Cheu inché nientun rucá
He aquí su interpretación:
Ya me voy con el Cristiano
al país de las arboledas
tierra amada
Volveré a ver arruinada
cerca de Quethré Huithrú
ay! mi casa!
p, 210: Pancho Francisco es ya un buen amigo. Refresca su garganta en mi
damajuana de caña y no teme las supercherias del cristiano. Si se
esceptúa el hondo desagrado, mezcla de supersticion y de horror, con que
mira las escavaciones de sepulturas araucanas, no hay motivos entre no
sotros, sino para estrechar intimamente la amistad
p. 224: Marchamos al salir el sol; pero sentiamos una dificultad. Pancho
Francisco no era vaqueano, de las direcciones que yo me proponia seguir.
Criado en Chile sobre las fronteras de Valdivia, emigrado mas tarde
al país de los pinares, sobre las grietadas barrancas graníticas de los
rios Agrio y Neuquen, Pancho Francisco pasó pronto al territorio cen
tral, poniéndose así á pocas jornadas de las vacas de Buenos Aires, de
Santa-Fé, de Córdoba y de San Luis.
Conocia las sendas de los Andes y del territorio central hasta Lihué
Calel, como las arrugas de su propia mano ; pero no habiendo vacas, ni
compradores de ellas, en Urre Lavquen, jamás habia visto sus aguas
el célebre vaqueano Carriqueo
p. 261: Los indios, inclusive Pancho Francisco, venian de muy
mala gana, impresionados por el espectáculo del campo del combate, y
sobre todo, mirándome con desconfianza supersticiosa, porque llevaba en
mi alforja el cráneo de Gerenal. No consideraron sin horror mis escur
siones á los cementerios de Chilhué ; pero ahora, cuando veian el cráneo
con carne y pelo del cacique, sentian algo extraordinario y temian un
suceso sobrenatural.
p. 267: El charqui era llevado á los tientos, es decir, estaba impregnado en
el sudor de los caballos, y mi estómago se resistia á este alimento ;
pero no tenia otro á la mano y en todo el santo dia, como decimos
en el campo, no habia probado bocado. Pancho Francisco, que se im
ponia de todo esto, se acercó al fogon con una bolsa que traia á los
tientos y dándomela dijo tiernamente y sonriéndose :-Chiñor, pobre dotor, inché gaucho indio, con cuya frase me
queria decir :-Señor, usted es un infeliz, indefenso, sin recursos é imprevisor; y
yo soy un indio gaucho, es decir, vivo, precavido, sagaz y astuto, que
todo eso significa la voz gaucho pospuesta al sustantivo hombre ó indio,
pasando por eso mismo á desempeñar funciones de adjetivo.
¿Qué contenia la bolsa dada con este breve pero muy espresivo dis
curso? Un piche (Dasipus minutus) asado, que Pancho Francisco traia
desde Lihue Calel, con el único objeto de socorrerme, en caso necesario,
dándome al propio tiempo una prueba de fidelidad y de cariño
p. 374; Pero sí el viage estaba terminado no lo estaba sin el sacrificio de una
existencia querida. El telégrafo de Carahué me anunció la triste nueva
Una fiebre violenta habia acometido apenas llegado al valeroso é inteligente
índio Pancho Francisco, cuyas fatigas fueron mayores quelas nuestras, y dos
dias despues, mientras yo compartia en el Azul las alegrias del banquete,
expiraba en su toldo triste, uno de los famosos vaqueanos araucanos de la
Tierra Adentro, el que guió frecuentemente las tropas de Levalle á la victoria,
el indio generoso que me alimentó y condujo en los desiertos con la lealtad de
un amigo, y la sagacidad de un piloto.






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