lunes, 12 de octubre de 2026

1879 Estanislao Zeballos, Capítulo XVII "Bahía Blanca", en su Viaje al país de los araucanos (Bs As., 1881)

 



- ZEBALLOS, Estanislao, Viaje al país de los araucanos [1879]. Capitulo XVII: Bahía Blanca, Peuser, Bs As, 1881.


Uno de los compañeros de viaje de Zeballos es el joven fotógrafo suizo, Arthuro Mathile. De su colección, disponible en el sitio del Museo Regional de Choele- Choel hemos tomado estas imágenes de Bahia Blanca:












Coleccion Zeballos. Fotografo: Arturo Mathile.
Estanislao Zeballos publica en 1881 el libro "Viaje al país de los araucanos", la crónica del recorrido que realizó una vez finalizada la campaña de Roca. El libro, inserto en la tradición de la literatura de viajes, está ilustrado con grabados realizados sobre la base de fotografías que tomó un joven fotógrafo de origen suizo, Arturo Mathile, durante la expedición, ya que debido a las condiciones técnicas todavía no era posible reproducir las fotografías en forma industrial en los
libros. Mathile había llegado a la Argentina hacia 1860 cuando era niño. Su padre era fotógrafo y a edad temprana lo inició en la profesión. Trabajó con Walter Bradley, con quien viajó por el país y quien lo recomendó con Zeballos para acompañarlo en su viaje. A su regreso instaló su estudio en la ciudad de Chascomús, provincia de Buenos Aires" (Inés Yujnovsky, 2008).

Las imagenes están digitalizadas en la página del Museo Regional de Choele Choel (http://museochoelechoel.org/1880-viaje_al_rio_negro/) y 5 de ellas corresponden a Bahía Blanca.

El articulo de Inés Yujnovsky, "La conquista visual de los araucanos" (2008) se puede descargar acá
Esta misma autora publicó el libro Viajeros a la sombra de Darwin. Fotografías de la Patagonia a fines del siglo XIX, Arte x Arte, 2021.


Qué dice Zeballos sobre Mathile:

p. 11: La fotografia iba á cargo del joven argentino Arturo Mathile, dependiente de uno de los principales estudios fotográficos de Buenos Aires, Casa de los señores Bradley y Compañía.

p 209:  "y el fotógrafo Mathile, cuya campaña es un martirologio conmovedor. Estropeado por el caballos por las mulas, por los mosquitos, por el sol, por el hambre y por los contínuos sobresaltos, este viaje es para él una via crucis; pero la fotografías son con todo escelentes.

p. 246: Íbamos descendiendo visiblemente y ganamos el primer valle á las 8 de la noche, engolfándonos en un cajón amurallado por altas cadenas graníticas. 1 Bendito sea Dios ! ... gritaba Mathile molido, deshecho, amoratado ! ... Un pasto encantador, aunque seco, en que los tallos subían á un metro de altura, no era suficiente para contener las tropillas, que corrian desbocadas por el valle en busca de agua, sin obedecer al grito de los caballerizos.

p.333: El viento Oeste del 22 acentuó la baja del barómetro y á las 4 y 10 quedamos envueltos en el seno de una nube rojiza, de tal manera densa, que no nos distinguíamos á dos metros. El viento bramaba impetuosísimo, levantando además de las arenas, piedras hasta del tamaño de un huevo que nos herían. El fotógrafo Mathile, á quien el pampero sorprendió á caballo y en el monte, tenia las piernas ensangrentadas. Fue imposible permanecer de pié y nos veíamos obligados á echarnos de barriga, envuelta la cabeza en ponchos y presentándola al viento. Yo había asegurado un cajón en el tronco de un árbol y allí tenia mis instrumentos meteorológicos. Cuando el espantoso huracán calmaba un instante, nos enderezábamos y caían el polvo y las piedrecillas de nuestros cuerpos como si surgiéramos del seno de un medanito. Poco tardaba el pampero en enfurecerse y volvíamos á envolvernos pegándonos al suelo.


p.359: Nuestro estado era mísero. Imagínese fácilmente la situación de quien marcha todo un día y una noche, bajo frio temporal de agua y viento. Mathile me rogó con timidez que pasáramos el día en la Cabeza del Buey; pero yo tenia serias razones para cumplir el programa y por toda respuesta me diriji al trompa de órdenes diciéndole:-A caballo y marcha .... Y seguimos el triqui-traque de las mulitas que no dejábamos de mano. hacía veintiséis horas. Empleamos cerca de doce horas en llegar á Bahía Blanca, porque nos metimos en la grande y pantanosa salina del oeste de la bahía, que mide algunas leguas superficiales y dimos inmensos rodeos.

Quién era Pancho Francisco, Carriqueo, su nombre proprio.

p. 125-126: Llevar una fotografía con todo su material y sales y líquidos embotellados á lomo de mula, y de mula patria, bellaca, traidora, mañera, caprichosa ó chúcara, no es obra de soplar y hacer botellas. Necesitaba llevar un àrrea de seis aparejos (seis bestias cargadas) y fué menester preparar cajones adecuados para defender los aparatos de las coces de las mulas, de los golpes, de las reatas y de las cangallas. (¹). 

Arreglaba yo las cajas de instrumentos cuando mi ayudante se cuadró en frente del Coronel Levalle y dijo :-Aquí viene Pancho Francisco. 

Todos levantamos la vista con singular curiosidad, y el coronel exclamó:
-- Doctor, la falta de vaqueano ha sido salvada. Aqui tiene Vd. su guía, que conoce el Desierto como la palma de su mano. Eh! Pancho Francisco, agregó, saluda al Doctor. 

Habia entrado un indio araucano puro, de hermosísimo tipo, cráneo envidiable para un museo, fisonomía del todo salvage. Apenas hacia seis meses que había dejado el toldo y se hallaba en Carahué prisionero. Entró, se detuvo en la puerta con los ojos clavados en el suelo; avanzó después de la indicación de Levalle á darme la mano, y sin levantar del piso la mirada, dijo:

- Cumele caimi chiñor- Inché picunche cuñifal . Ni Eluvun mari pesu. (Como está señor- Yo soy un indio picunche muy pobre. Deme diez pesos) 

Dile lo que pedia, desplegué mi mapa y al abrir el mayor de los compaces de la caja, el indio dió un salto y levantó la mirada de los ladrillos. No quiso acercarse. Al mostrarle el mapa, indicándole parajes y pidiéndole distancias, me replicaba de lejos que el mapa mentia, y señalando en el suelo con el dedo, me trazó el suyo hablando en su lengua. Traduzco :

- Aquí Norte, aquí Sur, aquí Oeste, aquí Este, marcando luego el rumbo en que se hallaban los lugares, agregaba: Aquí tal punto, aquí tal otro . . . . 

El mapa era, pues, inútil. Era forzoso confiarse en el bárbaro prisionero y yo resolví entregarme á él, preparándome á amansar al salvage. Me llevarás, le dije, al cerro Payen, pasando por Urrelavquen. 
- Pu mapú, pu mapú, contestó con una tonada de exageración (muy lejos ... muy lejos-muy tierra adentro. . . . muy tierra adentro).

-Pero iremos, á pesar de eso, le dije. 
Y sin levantar la cabeza me contestó : 
...-May (está bueno)- Chumúl tripan inchin?-(¿Cuando marchamos?) 

Mañana al aclarar.-May, volvió á contestar y salió, amacándose de derecha á izquierda, porque todos estos indios son patizambos á consecuencia de su constante ejercicio sobre el caballo.


p.134: El vaqueano es la brujula en este oceáno de tierra. 

p.169-170 El lamento de Pancho Francisco.

"La noche del 30, dospues de la tormenta, llamó mi atencion el eco melodioso de una especio de lamentacion cantada. Una melodía profun damente triste, de un sabor musical para mi desconocido y que producia sensaciones estrañas, interrumpia el silencio de la soledad que nos rodeaba. 

No habia duda de que alguien cantaba ; pero sus cantares parecían mas bien suspiros de una alma profundamente dolorida, que las tonadas alegres con que el hombre feliz recuerda el amor y la esperanza. 

Pancho Francisco entretenía el fogón de los indios. Todos lo escuchaban silenciosos y pensativos ; y yo mismo estaba impresionado tristemente. por el sentimentalismo y la unción misteriosa del cantar araucano. El indio recordaba los hogares abandonados, la mujer cautiva, los hijos. esclavos, los campos quemados, su libertad perdida y tal vez derramaba lágrimas al invocar el terrible infortunio de su raza. 

Acerquéme cautelosamente al fogón de los araucanos. La lamentación cesó, como si una voz profana hubiera mezclado irrespetuosamente sus ecos á los himnos que el bárbaro consagraba á la Patria, á la Familia, á la Naturaleza y á su perdida Independencia. 

Ya no decía como antes sus patrióticas congojas. Por el contrario, dirijiéndose á mi, Pancho Francisco cantó con aire placentero esta copla improvisada: 

            Vey ñi amon, eyú hunicá
             Mamuel Mapú, ayuvin mapú
             Pegelmen chi Quethré Huitrhú
            Cheu inché nientun rucá

He aquí su interpretación:
            
            Ya me voy con el Cristiano
            al país de las arboledas
            tierra amada
            Volveré a ver arruinada
            cerca de Quethré Huithrú
              ay! mi casa! 


p, 210: Pancho Francisco es ya un buen amigo. Refresca su garganta en mi damajuana de caña y no teme las supercherias del cristiano. Si se esceptúa el hondo desagrado, mezcla de supersticion y de horror, con que mira las escavaciones de sepulturas araucanas, no hay motivos entre no sotros, sino para estrechar intimamente la amistad

p. 224: Marchamos al salir el sol; pero sentiamos una dificultad. Pancho Francisco no era vaqueano, de las direcciones que yo me proponia seguir. Criado en Chile sobre las fronteras de Valdivia, emigrado mas tarde al país de los pinares, sobre las grietadas barrancas graníticas de los rios Agrio y Neuquen, Pancho Francisco pasó pronto al territorio cen tral, poniéndose así á pocas jornadas de las vacas de Buenos Aires, de Santa-Fé, de Córdoba y de San Luis. Conocia las sendas de los Andes y del territorio central hasta Lihué Calel, como las arrugas de su propia mano ; pero no habiendo vacas, ni compradores de ellas, en Urre Lavquen, jamás habia visto sus aguas el célebre vaqueano Carriqueo

p. 261: Los indios, inclusive Pancho Francisco, venian de muy mala gana, impresionados por el espectáculo del campo del combate, y sobre todo, mirándome con desconfianza supersticiosa, porque llevaba en mi alforja el cráneo de Gerenal. No consideraron sin horror mis escur siones á los cementerios de Chilhué ; pero ahora, cuando veian el cráneo con carne y pelo del cacique, sentian algo extraordinario y temian un suceso sobrenatural.

p. 267: El charqui era llevado á los tientos, es decir, estaba impregnado en el sudor de los caballos, y mi estómago se resistia á este alimento ; pero no tenia otro á la mano y en todo el santo dia, como decimos en el campo, no habia probado bocado. Pancho Francisco, que se im ponia de todo esto, se acercó al fogon con una bolsa que traia á los tientos y dándomela dijo tiernamente y sonriéndose :-Chiñor, pobre dotor, inché gaucho indio, con cuya frase me queria decir :-Señor, usted es un infeliz, indefenso, sin recursos é imprevisor; y yo soy un indio gaucho, es decir, vivo, precavido, sagaz y astuto, que todo eso significa la voz gaucho pospuesta al sustantivo hombre ó indio, pasando por eso mismo á desempeñar funciones de adjetivo. ¿Qué contenia la bolsa dada con este breve pero muy espresivo dis curso? Un piche (Dasipus minutus) asado, que Pancho Francisco traia desde Lihue Calel, con el único objeto de socorrerme, en caso necesario, dándome al propio tiempo una prueba de fidelidad y de cariño

p. 374; Pero sí el viage estaba terminado no lo estaba sin el sacrificio de una existencia querida. El telégrafo de Carahué me anunció la triste nueva Una fiebre violenta habia acometido apenas llegado al valeroso é inteligente índio Pancho Francisco, cuyas fatigas fueron mayores quelas nuestras, y dos dias despues, mientras yo compartia en el Azul las alegrias del banquete, expiraba en su toldo triste, uno de los famosos vaqueanos araucanos de la Tierra Adentro, el que guió frecuentemente las tropas de Levalle á la victoria, el indio generoso que me alimentó y condujo en los desiertos con la lealtad de un amigo, y la sagacidad de un piloto.

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