domingo, 17 de marzo de 2024
La inauguración del Museo Histórico en octubre de 1951, en el subsuelo del Teatro Municipal
¿Por qué pensar el Museo del Museo? Porque el Museo Histórico de Bahía Blanca tiene una historia.
"Concretando una plausible iniciativa... quedó inaugurado en los últimos días de octubre el Museo Histórico Municipal de Bahía Blanca y su anexo de Ciencias Naturales, habilitado tras ingentes trabajos en el subsuelo del Teatro Municipal 17 de octubre. El acto inaugural contó con la asistencia de numerosas personas de nuestro medio entre las que se hallaban el intendente municipal, ingeniero Norbero Arecco, el subsecretario de Cultura, señor Arnaldo Collina Zuntini, otras autoridades, periodistas, artistas y publico general.
Dando por iniciada la existencia del Museo pronunció un breve discurso el ingeniero Arecco señalando la significación de esta iniciativa. ... A continuación usó de la palabra el señor Antonio Crespi Valls, director del museo, quien con acertadas palabras señaló el comienzo de una labor de recopilación y documentación que sería el principio de un futuro museo histórico, estructurado sobre bases ya permanentes...."
Bueno, en esto estamos nosotros.
1943 mayo Crespi Valls sobre el proyecto del museo
1943 mayo 10: Crespi Valls escribe sobre la cuestión de las donaciones, el terminus a quo (es decir, el punto de partida de la historia que abarca)
y el carácter pampeano-patagónico del museo y archivo.
1943 enero Crespi Valls y el proyecto del Museo Histórico
MUSEO HISTORICO MUNICIPAL
Por Antonio Crespi Valls
Una lluvia caída durante la noche hizo que mi amigo, el afortunado
turista que tan mal rato me hizo pasar al no poder mostrar el mar bahiense por
ninguna parte, tuviera que postergar por un dia su salida en dirección a los
lagos del sur.
En consecuencia, continué sirviéndole de guía una jornada más.
Al presentarme al hotel, por la mañana me recibió con esta propuesta:
-
Si, naturalmente. La historia de nuestra ciudad
es altamente interesante. Cuando el indígena y el desierto dominaban el sur….
-
Veo amigo mío que usted se confunde o intenta
confundirme. YO no me refería a lo interesante de la historia local que conozco
bien, sino a lo importante de su Museo Histórico. ¿O resultara también que Bahía
Blanca carece de Museo?
-
Mire… le diré. En repetidas ocasiones algunos
amantes de nuestro pasado han intentado hacer, y hasta aprobaron ciertas
disposiciones comunales que refiriéndose al museo histórico establecían la
urgencia de su inmediata creación. Se presentaron trabajos preliminares ya la
postre resulto que….
-
No siga, me imagino el resto. Es el mismo caso
del balneario marítimo. Cuarenta años hablando de su instalación y la gente
continua bañándose bajo la ducha casera.
-
No tanto… Usted gusta de exagerar nuestra
pasividad.
-
Tómelo a broma. Pero si tan orgullosos están
ustedes de la heroica historia de Bahía Blanca, ¿por qué dejan que se pierda o
se ignore en el olvido? ¿Qué cosa creen ustedes que es la historia de un
pueblo, de un pueblo que la tiene, naturalmente?
-
¡Hombre! Pues cualquiera lo sabe. La historia es
eso, precisamente, historia.
-
Mas claro agua… La historia, amigo mío es el
punto de partida del pasado que alimenta el presente y se proyecta al porvenir.
Así como las personas no pueden existir sin genealogía, tampoco los
acontecimientos y mutaciones de los pueblos tienen debida y ordenada
explicación si no se correlacionan entre sí a través del tiempo.
-
Lo entiendo a medias. Me resulta un tanto
filosófica la explicación y debo confesarle que en cuestiones filosóficas soy
un lego.
-
No importa. Entenderá mejor si le digo que los
pueblos no pueden tener personalidad ni características definidas si dejan de
beber el agua de la primitiva fuente que les dio origen.
-
Empiezo a comprender algo.
-
Borrando e la memoria de las generaciones que se
suceden los hechos básicos que constituye el acervo de su historia, es igual a
sostener el imposible de que puedan existir hijos sin que antes hubiera padres.
Me explico.
-
[…]
-
Cuidado amigo, no vaya a caer en el error de
pensar, como muchos, que un museo es solo privativo de un grupo de iniciados y
elegidos, a quienes el vulgo llama “chiflados por las cosas viejas”. Tampoco esas cosas viejas deben ser una
colección de reliquias empolvadas, frías, mudas, sin alma. Un museo es un lugar
en donde las cosas muertas viven eternamente. Y si un museo no es
esencialmente popular, del pueblo y para él, deja de cumplir su trascendental
misión de cultura social.
-
Les sucede lo mismo que a ciertas bibliotecas,
muy ricas y nutridas de libros, pero escasas o nulas de lectores.
-
Dice usted bien. Los museos históricos están
destinados a guardar y transmitir a la posteridad, junto con la materialidad de
los objetos, el espíritu de la época en que fueron concebidos y
ejecutados. Vale decir que ante la contemplación de algo que fue y ya no
es, el espíritu curioso del hombre debe retroceder en el tiempo, regresar a la
realidad del ayer para saturarse así de las diferentes etapas de la evolución
en la marcha ascendente de las colectividades.
-
El que no acuda a los museos con esta intención
se aburrirá soberanamente en ellos y aun las mayores maravillas le parecerán
trastos inútiles.
-
Muy posible, pero nosotros los turistas,
buscamos en los museos populares, más que en los libros, la historia vivida de
los pueblos. Es por eso que todo viajero inteligente, todo turista que no sea
un mero devorador de distancias y tragador de leguas, al detenerse en los
pueblos se lleva de ellos las características de su valor social.
-
Entonces, de acuerdo a su pensar, cada ciudad y
región debe tener su Museo peculiar y genuino.
-
Exactamente.
-
¿Y qué peculiaridad destacada le asigna usted a
Bahía Blanca?
-
Una que nadie puede discutirle y que ha
contribuido de manera eficaz y positiva a la formación de nuestra nacionalidad.
-
¿Cuál es?
-
Observe usted que la mayoría de los museos
históricos de la capital de la república, del centro y del litoral están llenos
de objetos pertenecientes a nuestra época colonial, la lucha por la
independencia y a la constitución política argentina, lograda a través de
guerras civiles, montoneras, pujas caudillistas de predominio,
pronunciamientos, revoluciones.
-
Como en la generalidad de los museos. Lo que más
se recuerda son las guerras.
-
Bien, pero por lo mismo, el Bahía Blanca puede y
debe ser distinto, exclusivo, típico. Porque aquí, en las soledades del sur, no
repercutió para nada el angustioso proceso de la estructuración política
argentina. En la misteriosa Patagonia y en la ignota Pampa no cabían la
especulación política cuando estaba en juego algo más fundamental: la
existencia misma del hombre. Aquí el problema argentino no consistía en elegir
entre el sistema monárquico o el republicano, entre un gobierno unitario o
federal. Era mucho más simple y perentorio. O el hombre civilizado desalojaba
de grado o por la fuerza, al bárbaro, o éste aniquilaba a aquel. El encuentro,
el choque no era de ideas sino de épocas. Pasar de la vida nómada del indígena
a la gregaria del hacendado y campesino resultaba más difícil que derrumbar un
poder para sustituirlo por otro.
-
Entonces nosotros aquí, debemos mostrar al
viajero ya nuestros niños, en toda su crudeza y grandiosidad, la epopeya de la
conquista y colonización de la tierra pampeana y patagónica, ¿no es así?
-
Si, así es. Y le aseguro que entonces Bahía Blanca
podría ostentar un museo Histórico casi único. Ningún otro pueblo con justicia,
puede discutirle la persistencia en la cruenta lucha de la civilización contra
la barbarie. Aquí en definitiva se ganó la tranquilidad de la vida en el campo
argentino. Desde aquí hacia el sur y el oeste se ampliaron las fronteras del
país. Aquí se cimentó, al amparo de las endebles pero aguerridas guardias, la
ganadería y la agricultura.
-
Eso es verdad conocida.
-
Si la vanguardia de la civilización fue la
provincia de Buenos Aires, la avanzada de la provincia fue el sur y el
adelantado del sur la fortaleza Protectora Argentina: Bahía Blanca. Reúnan
ustedes en un museo histórico las cosas y el espíritu de aquella época de brega
y dolor, de tenacidad y labor, y habrán hecho un museo sin parangón en el país.
-
Tiene usted razón. Por venir de afuera tiene
usted una perspectiva de la historia bahiense y sureña más amplia que la
nuestra. Acaso sus ideas no tarden en convertirse en una alentadora realidad.
-
Por eso le hablé del Museo Histórico de Bahía
Blanca. Sé que nuevamente se agita la idea de crearlo. Con el patrocinio, como
corresponde, de la Municipalidad. Si los bahienses se dan perfecta cuenta de lo
que significa para la elevación de su cultura la creación dispuesta, la loable
iniciativa municipal puede convertirse en una obra de enorme significación y atracción
-
Así será, amigo mío. Porque aunque los bahienses
somos indolentes para las cuestiones del espíritu y se nos tilda de dormilones,
cuando despertamos, trabajamos de veras.
-
Espero que esta vez despierten a tiempo para que
no transcurran otros cuarenta años pensando la forma de construir el Museo…
El surgimiento del Museo Histórico en 1951 sobre la base de la colección de Antonio Crespi Valls (1951)
El surgimiento del Museo Histórico como iniciativa de Antonio Crespi Valls, coleccionista
estudiado por Maria Alejandra Pupio en este artículo:
(aquí algunos párrafos para tenerlos a mano)
Antonio Crespi Valls Nació en Palmas de Mallorca el 16 de enero de 1892. Casado con Elisa Dominga Anselmi el 3 de febrero de 1930, sin hijos. Argentino nacionalizado. Murió el 4 de febrero de 1959. Realizó sus estudios en Argentina, completando la escuela secundaria. Periodista. Escribió en periódicos locales hasta que accedió a la Dirección del Museo Histórico el 16 de enero de 1951 hasta su muerte.
Durante los gobiernos peronistas de Domingo Mercante (1946-1951) y Carlos Vicente Aloe (1951-1955) se promovió la creación de museos y una política centralizada en su manejo, ya que se los consideraba como instituciones pedagógicas cuyas acciones, al igual que la educación, debían ser minuciosamente planificadas en el contexto de una política cultural del estado.
Primer ‘Reglamento General para los museos históricos provinciales’en 1953. Centralizacion e institucionalización.
a partir de 1950, los coleccionistas eligieron distintas estrategias para hacer públicas sus colecciones, siempre cuidando sostener su liderazgo en esa decisión.
El museo de Bahía Blanca fue creado como Museo y Archivo Histórico Municipal en 1943 dentro de la estructura administrativa municipal. Esta institución, que surgió con las secciones de arqueología, historia, etnografía, antropología y cartografía, abrió al público el 29 de octubre de 1951 como Museo Histórico y en 1955 pasó a denominarse Museo Histórico y de Ciencias Naturales debido a la relevancia que cobraron las colecciones paleontológica, mineralógica, botánica y zoológica (Arecco, 1955). Antonio Crespi Valls fue nombrado conservador de la institución creada en 1943 y luego director en 1951, cargo que ocupó hasta su muerte el 4 de febrero de 1959. Tanto en el caso de la creación como de la apertura al público, se manifestaba la necesidad de contar con una institución de estas características como política de estado municipal. Tal como señaló Antonio Crespi Valls en el discurso inaugural del Museo, estas instituciones debían ser protegidas por la comunidad en su conjunto: Toca a todos nosotros engrandecerlos y cuidarlos. Nadie puede desentenderse de hacerlo por despreocupación o por ignorancia. La historia atañe por igual a quienes ya fueron y a los que ahora somos. Aquel que niega la historia se niega a sí mismo. Nosotros no somos más que los continuadores del ayer, que estamos trabajando hoy, esperando que el mañana nos convierta, también en Historia (Boletín Municipal, 1951, p. 12.084)
Integrados por colecciones arqueológicas, faunísticas, florísticas, mineralógicas y objetos históricos (entre ellos documentos, fotografías y vestimentas), estos últimos pertenecientes a los primeros pobladores de la localidad. Este conjunto de objetos, aunque parece representar una miscelánea desordenada, muestra, por el contrario, una visión organizada del mundo físico y social externo.
Como toda colección de museo, las aquí analizadas han sido recolectadas con algún grado de intención, lo que transformó parte del mundo natural y social en un objeto y una pieza de museo. El concepto que integraba esta diversidad era lo regional, el territorio era la unidad que se encerraba en el museo, y todo lo tradicional que integraba ese territorio tenía lugar en esos edificios. Las colecciones reunidas tenían como objetivo ser la representación totalizadora de la región, exhibidas de acuerdo a un tipo de narrativa visual expresada en secuencias de objetos que mostraban esta cosmovisión. De acuerdo a esto, los materiales a través su puesta en escena enseñaban la historia local, legitimando tanto un sistema de creencias como de prácticas profesionales – las de los coleccionistas. Las colecciones históricas y arqueológicas, aunque relataban el pasado regional, poseían características distintivas que las colocaban en una esfera distinta de obtención y posesión.
Las primeras pertenecían al dominio estrictamente local y representaban lo típico que cada museo poseía, cada objeto histórico remitía a un propietario, había pertenecido a algún ciudadano ‘destacado’ de la ciudad, y una vez ingresado al museo seguía manteniendo su relación de pertenencia: la biblioteca del primer médico, el instrumental de la primera partera. Eran en este sentido objetos únicos e irrepetibles y aunque ingresaran al museo en propiedad, la actitud que tomaba la institución era de custodia. Por otro lado, no eran objeto de intercambio y/u obsequio.
En cambio, las colecciones arqueológicas pertenecían a una escala más amplia territorialmente que los límites de la ciudad y daban cuenta de un pasado regional cuyo sujeto histórico estaba caracterizado genéricamente como ‘grupos indígenas de la región’, sin considerar la dimensión temporal e histórica que este material representaba. Estos objetos sin ‘dueños’ pasaron a ser ‘propiedad’ del coleccionista, y en un gesto extremo de dominio sobre el conjunto de los objetos, Crespi Valls colocaba su sello (COLECCIÓN ANTONIO CRESPI VALLS) a todos los objetos recolectados por él, convirtiéndose en su dueño. Estas diferencias producían estrategias diferentes de obtención. Mientras los objetos históricos eran adquiridos mediante cesión de su propietario anterior, los arqueológicos eran poseídos a través de distintas estrategias.
Las colecciones arqueológicas fundamentalmente tenían su origen en la recolección de campo. Los objetos repetidos, siempre presentes en las colecciones arqueológicas, permitieron dos nuevas estrategias de obtención una vez convertidas en piezas de museo: el obsequio y/o intercambio personal e institucional.
Otro mecanismo para ingreso de piezas al museo: la donación de particulares que incluía una lista de objetos de diversa naturaleza con el objetivo de ser exhibido.
Para que el sistema de donaciones funcionara permanentemente, Crespi Valls generó una red de donantes a través de la Comisión Honoraria “Amigos del Museo” del Museo Histórico. El sistema de donaciones ya estaba previsto en la ordenanza de creación del museo (6 de abril de 1943) que establecía un sistema de compensación a los donantes que prestaban colaboración. El Poder Ejecutivo les entregaría los siguientes diplomas: Miembros correspondientes, a los estudiosos residentes en el país o en el extranjero que se destacaran mediante publicaciones, estudios especiales o hubieran colaborado en la selección y ordenación de piezas y documentos de pertenencia del instituto; Miembros Honorarios, a los donantes de colecciones completas y de mucha importancia; Miembros Colaboradores, a los donantes de piezas y documentos sueltos (Municipalidad de Bahía Blanca, 1943).
Cuando el museo abrió sus puertas, este sistema fue simplificado y así la Comisión de Amigos quedó integrada por Miembros de Número, residentes en la ciudad, y Miembros Corresponsales para los colaboradores radicados fuera de la ciudad. Isaac Schatzky fue designado, en 1951, Miembro Corresponsal del Museo por el Intendente Municipal Ing. Norberto Arecco, lo cual servía para ser presentado para facilitar las investigaciones arqueológicas.
Las colecciones arqueológicas, junto con las de ciencias naturales e históricas, tuvieron su origen en el ámbito estrictamente privado, recolectadas por coleccionistas/autodidactas, quienes utilizaban su tiempo libre y subsidiaban la tarea con otros empleos. En todos los casos, los coleccionistas manifestaron la necesidad de ceder sus colecciones para crear museos – tanto de propiedad privada como estatal – para poner en escena para la comunidad de origen un conjunto de bienes que daban cuenta del pasado geológico, arqueológico e histórico de la localidad. Al mismo tiempo que las colecciones se hacían públicas, los coleccionistas se convirtieron en sus responsables en el rol de directores de las nuevas instituciones como muestra del prestigio que les confería la colección, en prueba de su curiosidad, empeño y generosidad, ya que eran portadores de un conocimiento poco habitual, pero que servía al bien común.
PUPIO, M. A.: Coleccionistas de objetos históricos, arqueológicos y de ciencias naturales en museos municipales de la provincia de Buenos Aires en la década de 1950. História, Ciências, Saúde – Manguinhos, v. 12 (suplemento), p. 205-29, 2005
sábado, 2 de marzo de 2024
Algunas notas sobre el Mercado Municipal
El sitio
En
la manzana donde se encuentra el actual Mercado Municipal, ubicado entre las
calles Donado, O´Higgins, Arribeños y Olivieri,
funcionó entre 1842 y 1862 el cementerio local, antes de su traslado a
la actual plaza Pellegrini primero, y a la loma donde funciona en la
actualidad, después.
Ese
terreno, nomenclado como manzana Nº 8, tuvo varios propietarios, entre ellos
Ataliva Roca, hermano del presidente Julio A. Roca.
Hasta
la construcción del mercado, la población se abastecía gracias a los vendedores
ambulantes y a negocios de menor cuantía.
PRIMEROS
PROYECTOS
En
el año 1883 Agustín Marsans declaró: “el pueblo de Bahía Blanca, llamado a
ser una de las más importantes ciudades de la provincia de Buenos Aires, carece
por completo de un centro de abasto para consumo de la población.
Por
ese motivo, Marsans solicitó permiso para instalar un mercado de abasto y plaza
de frutos del país, con exclusividad por 20 años, con sucursales en el puerto y
otros lugares no especificados. Vencido ese plazo, el mercado pasaría a poder
de la Municipalidad. Sin embargo, esta solicitud fue desestimada, en favor de
la presentada por Gerónimo Torres.
Uno
de los grandes negocios a que dio lugar la administración comunal de los años
1880 y siguientes fue la concesión del mercado hecha a Gerónimo Torres (…) el
26 de octubre de 1883 en condiciones excepcionales. La municipalidad, bajo la
presidencia de Botet, le vendía la manzana 8 y otra frente a la estación del
Sud por $ 206 y 16 respectivamente para destinarlas a mercado central y
sucursal que levantaría “cuando le pareciese bueno”, sin especificar tarifas
que él fijaría a su gusto, y con concesión exclusiva por 25 años a partir del
día en que el mercado se inaugurase. Pasado ese plazo era obligatoria para la
municipalidad la adquisición de los edificios, por su precio de tasación más un
20% como indemnización a la empresa. Torres no benefició mayormente de su
concesión que paso pronto a manos de Ataliva Roca el cual pidió se le
ratificara. Pero la municipalidad, vuelta al sentido común, se negó a ello y
pretendió hacer anular el convenio ante la Suprema Corte.
En
1885, los señores Sicardi, Viejobueno y Cia habían querido levantar un mercado
de 30 x 50 metros en el cual hubiese 47 puestos. Y en el mismo sentido, en la sesión del 22 de
diciembre de 1885, en el libro de actas del Honorable Concejo Deliberante consta
que: “Se aprobó el dictamen de la comisión compuesta por los señores Reynal
y Peralta en el expediente del mercado a construirse en la manzana Nº 8 ...”
Creyendo la municipalidad estar de nuevo en posesión de los
terrenos, resuelve en 1887 (siendo intendente Luis Caronti) proceder a
construir un mercado en la manzana 8 citada, con planos de Mario Biggi y para
empezar y arbitrar recursos se sacan a remate los lotes 1 a 4, 9 a 16 y 21 a 24
de dicha manzana. La víspera del remate, Ataliva Roca hace intervenir a la justicia
alegando derechos a esos terrenos y el remate es suspendido.
Pero la acción de Ataliva en los tribunales solo prospero a
medias. Torre había hecho con la municipalidad un arreglo, por el cual devolvía
la manzana 8 a cambio de la quinta 203; pero más tarde los derechos de Ataliva
pasan a Joaquín Carballo el cual se entrevista con los municipales, vuelve a
posesión de la disputada manzana 8 y se compromete a levantar en ella el
mercado, entregando a la municipalidad la suma de 6.000 pesos a los seis meses
de estar funcionando. Este contrato se refrenda, y por segunda vez la
municipalidad comete el error de conceder al dueño del mercado derechos
exclusivos. Nadie, ni siquiera la comuna podrá levantar otros mercados durante
los 20 años de la concesión. Se reserva sí, el derecho de expropiar a los
14 años pagando el valor de tasación y un 20 % como prima. El concesionario
pagara 300 pesos mensuales los diez primeros años y 600 los restantes: por las
sucursales que establezca 100 y 200 respectivamente.
LA
INAUGURACIÓN A FINES DEL SIGLO XIX
Todas
estas dificultades habían llevado su tiempo y el mercado no pudo inaugurase
hasta el 1 de agosto de 1892, siendo el que hoy conocemos por mercado de abasto
y situado en la calle O’Higgins. Su primer administrador fue Máximo Peralta, el
cual renunció a los pocos meses. Más tarde la concesión pasó a manos de
Cabanillas.
[la concesión para su funcionamiento fue otorgada a la firma Estévez Cambra y
Cía]
El
edificio contaba con un amplio kiosko poligonal central al aire libre, que daba
a diez puestos de carne, a los que se accedía por dos entradas.
Con
los años se fueron ocupando también los locales que daban a la calle. Los
vecinos apodaron al mercado república nocturna, debido a los ruidos,
desorden y constante movimiento de carros que traían carnes, verduras y frutas
que venían de la región.
Todo
ese movimiento contribuyó a la consolidación de O´Higgins y Donado como las
principales calles comerciales.
Sin
embargo, ya en el año 1902 ya se empezaron a mencionar ciertas falencias, como
que el edificio era una heladera grande y sucia en invierno, un horno
ardiente en verano, y que los olores que emanaba podían llegar a ocasionar,
incluso, un grave peligro de asfixia.
A partir de 1904 el negocio del mercado era excelente y la
municipalidad comenzó a pensar en la conveniencia de hacer uso del derecho de expropiación
que para ella comenzaba a los 14 años de inaugurado. Rojas, durante su
intendencia, elevo al concejo en mayo de ese año un proyecto de expropiación
que no tuvo consecuencias: más tarde, hubo negociaciones serias sobre la base
de un millón de pesos, pero tampoco fue posible terminarlas. El punto
culminante de esas negociaciones fue el año 1909, conviniéndose en cancelar por
una parte los derechos de exclusividad y de radio y perdiendo la comuna sus
derechos a la expropiación. En 1905 se había elevado la patente del mercado a
6.000 pesos anuales; por el arreglo de 1909 se le fija una patente máxima de
3.000.
En
cuanto fue posible establecer nuevos mercados, surgieron varios: el mercado de
Alvarado de J. Gorina, el de Villa Mitre de Peralta; luego el Noroeste en
calles Atacama y Holdich: el Obrero en el Barrio Tiro Federal; el del Sud, en
Brown 742 y finalmente el San Martin, al número 380 de la calle del mismo
nombre.
EL
MERCADO PASA A SER MUNICIPAL
En
1948 una comisión integrada por médicos, veterinarios y técnicos, sugirió la
necesidad de modernizar al edificio “por razones de orden estético y
sanitario”. Así, entonces, en 1951 el intendente Norberto Arecco declaró la
utilidad pública del edificio y procedió a su expropiación.
El
8 de abril de 1951, la firma Lanusse & Olaciregui Ltda. tuvo a su cargo el
remate de las instalaciones del viejo Mercado de Abasto, cuya superficie
cubierta era de 5.751,31 m². En el texto publicitario del remate podía leerse:
“en
el corazón mismo de Bahía Blanca donde se centralizan y se irradian las
energías activas que hacen de esta ciudad y su próspera región, una estrecha
unidad entre la geografía, el trabajo y el progreso (…) flameará el 8 de abril
a las 11 Hs. como un augural saludo por el 123º Aniversario de Bahía Blanca, la
bandera de Lanusse & Olaciregui, en uno de los acontecimientos
inmobiliarios más trascendentales de los últimos cincuenta años: el remate del
MERCADO DE ABASTO.
ES VERDAD…
Se remata el
Mercado de Abasto
¿Cuánto
vale un pedazo de tierra en pleno corazón de Bahía Blanca? (…) la verdad un
pedazo de tierra en el centro fabril del comercio de nuestra ciudad no tiene
precio.
Su
ubicación es insuperable. Comercialmente estratégica. Las propias dimensiones
del inmueble – virtualmente una manzana – permiten que más de un centenar de
personas desarrollen cómodamente las actividades propias del lugar.
Las
calles que rodean el Mercado de Abasto, como las de O´Higgins y Donado,
canalizan, absorben, distribuyen y dirigen las principales energías del
trabajo.
El
municipio expropió el mercado y pagó la suma de 3,2 millones de pesos a la
sucesión de Tomás López Cabanillas y Leónidas Lucero, propietarios del
edificio.
Resuelta
la expropiación, la comuna llamó a licitación para demoler el viejo edificio, y
organizó un concurso de anteproyectos para la construcción de uno nuevo. Este
mercado modelo municipal debería contar con dos subsuelos, planta baja y cuatro
pisos superiores destinados a los puesteros.
A
fines de 1951 se firmó contrato con el arquitecto Miguel C. Rocca, ganador del
primer premio.
La
preparación de los planos para licitar la obra, que fue bautizada “Mercado
Presidente Perón”, demandó más de un año y recién a principios de 1953 se
pudo licitar. Sin embargo, cuestiones técnicas obligaron al intendente Arecco a
declarar desierta la licitación para la construcción, y el golpe de estado de
1955 envió al archivo todo lo actuado.
DEMOLICIÓN
DEL MERCADO DE ABASTO
Así
entonces, a pesar de ese intento, el edificio se mantuvo en pie, en pleno
centro con sus serios problemas de higiene, entre otras falencias.
Recién
en 1966, el intendente Luis María Esandi convocó a un nuevo concurso nacional
de anteproyectos para la construcción de un edificio que tendría similares
características a las planteadas en la década de 1950, salvo que los pisos
superiores estarían destinados a cocheras. Esa fue la convocatoria más exitosa
de la historia de Bahía Blanca, con 47 proyectos recibidos de todos el país.
El
jurado, formado por los arquitectos Eduardo Sacriste, José María Pascualetti y
Pedro Doiny Cabré, eligió por unanimidad la propuesta de los arquitectos Mario
Goldman, Horacio Ramos y Emilio Gómez Luengo. Mario Goldman recordó años más
tarde: “Creo que lo que nos hizo ganar el concurso fue como resolvimos el
acceso a las cocheras, abriendo calles en la parte posterior del edificio y
entradas mediante dos rampas”.
Entre
los años 1967 y 1968 se comenzó con la mudanza de los puestos y se demolió el
ala del mercado que daba sobre calle O´Higgins. Se pensó que esta parte del
edificio iba a ser reconstruida posteriormente, según lineamientos municipales.
Posteriormente, en ese lugar se inauguró la Plaza del Sol en 1978,
rebautizada en 1994 como Plaza Ricardo Lavalle.
LA
INAUGURACIÓN DEL MUEVO MERCADO MUNICIPAL
El
nuevo edificio del Mercado Municipal, que contaba con subsuelo, 59 locales y
cocheras, fue inaugurado finalmente durante la intendencia de Mario Monacelli
Erquiaga, el 1º de septiembre de 1971.
De
este mercado se dijo que daba una respuesta adecuada al crecimiento de la
ciudad, con una funcionalidad y visión de futuro que la hacía una de las más
completas en su tipo en Sudamérica.
Sin
embargo, la mayor crítica que realizaron sus visitantes, fue la poco práctica
vinculación que existía entre el edificio y las veredas.
En el año 1993 el edificio fue bautizado “Mercado Municipal Comunitario don Eugenio Martínez” en memoria de quien fuera intendente electo entre los años 1973 y 1976, fallecido el 27 de junio de ese año.











